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¿PARA QUÉ SIRVEN LOS OJOS SI ESTÁN CIEGOS?
Más sombrío que un cielo atrapado por la noche en el nicho de la desmemoria, difuso como un muerto, perdido como un tuétano impreciso en la carne de nadie, sin rostro, sin ceremonias, sin meta ni horizonte, así es mi corazón visto desde las jeroglíficas almenas del destierro. Sin embargo, dentro, hay un color que teje sin tregua un carnaval de sílabas. Es un latido que recupera y reconstruye el éxtasis del lenguaje. Allí, en algún desván oculto, permanece la primera palabra y también la última razón de escribir y todavía estéril el poema no devengado en el activo contable del bibliotecario y esas ciegas legiones de letras que ni siquiera saben formar solas el escuadrón de un verso, alinear la centuria métrica de la estrofa o pelear unidas en la feroz batalla ante el papel en blanco. Ellas muelen la harina de la pena en el mortero hasta elaborar un lienzo que retrata el alma y absuelve al tiempo de su eterna condena a muerte. Surge, surge la voz interior de la tormenta, el enjambre suicida de sonidos que despeña el trueno. Molécula a molécula, de átomo en átomo, vibrando de una célula a otra, asomada a la boca del viento, la palabra crece y se remolca a sí misma como si fuera un místico presagio de plumas que pronto se echará a volar. Se escurre por la garganta, se desliza hacia delante y rompe el embalaje de latidos que torna panteón el agudo filo de la soledad. Esa es la fuerza, la realidad del humo, el fuego tallado a llama lenta por la musa, el rocío que disuelve el universo y despierta el fulgor del infinito. Y si no comprendes esto es porque en algún segmento de tu vida el vampiro negro del odio te mordió el cuello y el vidrio ceniciento de la envidia desechó el oro y volvió escoria tus días. ¿Adónde vas cargada de virutas secas? ¿Por qué sales de ti misma sin abrir la puerta? ¿Por qué tus manos siempre parecen fría escarcha? La memoria recuenta alquimias olvidadas, sube escaleras que bajan, renueva el inventario de bienes a base de espuma, jirones y amuletos crueles. El amor sólo se amaba a sí mismo y consumía demasiada luz, por eso apagaste la lumbre, volcaste el hielo sobre el mapa de tu vida y levantaste dunas de ceniza que, poco a poco, fueron tapiando la línea vertical del horizonte. ¿Acaso no te das cuenta que el último soplo de cada segundo viaja a tumbos y el poema es una piedra ignorante de carbón que no sabe de dónde sale la llama? Y, mientras tanto, mientras las horas pasan y las mareas van y vienen, el oleaje amamanta una pregunta: ¿Para qué sirven los ojos si están ciegos? Octubre 2004©Fernando Luis Pérez Poza Pontevedra. España. www.tallerdelpoeta.com |
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