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S. Pedro Sochiapam, 16 de diciembre de 2003 DIOS ES AMOR
EL TRAJÍN DE CADA DÍA La vida ordinaria de un misionero Hoy comienza la Novena de Navidad o de las Posadas, como aquí en México se le llama, en recuerdo de aquellas largas y duras jornadas que José y María realizaron desde Nazaret a Belén. Nada más levantarme me entero de que en Guatemala han asesinado a un sacerdote a balazos en la puerta de su casa; este sacerdote era muy conocido en todo el país, pues era un tanto “especial”, y yo también lo conocía, pues, como sabéis, estuve en Guatemala cinco años. Los días van pasando, y las semanas también. Nada extraordinario acontece en mi vida. El P. Antonio Radice, que estaba de vacaciones, ha regresado, y ninguno de los dos hacemos aquí cosas “heroicas”. Nos levantamos a las cinco y media de la mañana, hacemos nuestra oración personal y comunitaria, desayunamos a las ocho y, si el tiempo lo permite, trabajamos las primeras horas de la mañana en la huerta y con los animales que estamos criando; por la tarde nos estamos reuniendo, de momento, para programar las actividades del mes y de todo el año en general, después convivimos con nuestra gente antes de la Eucaristía. Tenemos también programadas las visitas a las comunidades; cada uno de nosotros, ya sea a pie o a caballo, parte con su bastón, mochila al hombro, chubasquero y sombrero ranchero al encuentro de nuestros hermanos de la sierra, y tras varias horas de camino, un buen baño en el río o en algún “chorro de agua” (manantial) del pueblo, fin de nuestro camino, alivia nuestro cuerpo cansado También aquí la vida transcurre de forma muy sencilla: nos encontramos con los Catequistas y Comités de las iglesias, estamos con la gente, visitamos familias, reunimos los grupos para dar enseñanzas, celebramos Sacramentos... Tanto en san Pedro Sochiapam como en el resto de las comunidades nos retiramos muy temprano, alrededor de las ocho y media o nueve, rezamos, leemos algo o escuchamos la radio y nos dormimos. Como veis, nada de especial. Todo transcurre con normalidad. Así un día, y así otro día. Sabed todos que estoy bien de salud, y la vida que llevo no es tan estresada como la que vivía en España; aquí no suena a cada rato el teléfono para preguntar por P. Damián, simplemente porque aquí no existe el teléfono. En Santiago a veces sólo podía dormir dos o tres horas, como bien saben mis hermanos de comunidad, debido a los problemas o a las actividades que se me venían encima; aquí duermo siete u ocho horas sin interrupción, y eso que todo el día estoy tomando café, ya que éste es casi la única bebida que la gente toma en las comidas o durante el día para calmar la sed. Aunque ahora tenemos un televisor, y no nos vendría mal un ratito de descanso, no nos sirve de mucho, porque las imágenes de los dos únicos canales locales que se podrían ver, casi no se aprecian, y además casi toda la programación está llena de ¡novelas! Últimamente he conseguido una pequeña radio y, de vez en cuando logro ponerme en sintonía con “Radio Exterior de España”. En cuanto al Correo, estamos peor que en mis viejos años de Usila; allí, aunque a veces te abrían las cartas o se ahogaba en algunos de los ríos el cartero de turno, teníamos oficina de Correos: aquí no. Cada muerte de Obispo, por usar una expresión centroamericana, las autoridades de este Municipio te hacen el favor de traerte el correo cuando salen a Cuicatlán. Acabo de recibir las dos primeras cartas desde España, una de mi madre, escrita el día 14 de noviembre; la otra, sin fecha, del P. Laureano, provincial de España; las dos para felicitarme por mi cumpleaños: aquí han llegado el día 13 de diciembre. Ordenación sacerdotal en Usila El día 29 de noviembre asistí a la ordenación sacerdotal del segundo sacerdote comboniano de Usila, P. Senén Hipólito. Lo conocí en 1986, cuando él tenía 15 años y comenzaba a ser catequista; era mi último año vivido en Usila y ya nunca más supe del joven catequista, hasta que en Madrid me enteré este verano de que Senén era misionero comboniano y que se iba a ordenar en Usila en noviembre. Me dio mucha alegría. Sobre todo saber que era el segundo sacerdote de Usila. Sólo en Usila, nuestra presencia comboniana y la de las Hijas de San José ha contribuido al nacimiento de 2 vocaciones a la vida sacerdotal y misionera, 2 a las Hijas de San José, 4 a los Apóstoles de la Palabra, fundados por el P. Flaviano Amatulli, un ex comboniano italiano que trabajó dos años en Usila, y 1 a otro Instituto femenino. También de las demás parroquias chinantecas donde anteriormente hemos trabajado los Combonianos o las Combonianas han surgido vocaciones. Y es que el testimonio que los Sacerdotes y Religiosos podamos dar a los jóvenes es vital. Si nos ven generosos, entusiastas, entregados verdaderamente a Dios y al pueblo, en una palabra, si nos ven fieles a nuestra vocación de consagrados, las vocaciones surgirán, porque la tierra estará ya abonada. Evidentemente, estoy hablando de aquellos lugares donde la natalidad es normal, porque en España, por ejemplo, donde los matrimonios y la sociedad en general parece que les tengan miedo a los niños, las vocaciones difícilmente brotarán, sencillamente porque ¡ya no hay niños! No cabe duda de que nuestra vocación misionera vivida al máximo es como un virus contagioso; es como la santidad: donde vive un santo, otros aparecerán a su alrededor; recordemos, por ejemplo los Santos que convivieron en el siglo XVI en España, Perú, Italia o Portugal... Las vocaciones surgen sobre todo allá donde la fidelidad al Señor, a la Iglesia, al fundador y a la misma vocación son vividas con verdadera pasión en la alegría del Espíritu Santo. Las programaciones, los medios de comunicación social, etc., son importantes, yo mismo he sido animador vocacional en Costa Rica, El Salvador y Guatemala y he tenido que valerme de estos medios, pero no debemos confiar “sólo” en estas mediaciones humanas, sino sobre todo en la fuerza renovadora del Espíritu del Señor. En una palabra, los jóvenes buscan más a los testigos del Evangelio que a sus maestros. También estoy contento de que el carisma comboniano haya llegado a los Indígenas Chinantecos. Alegría también porque en Guatemala hace poco se han ordenado sacerdotes dos jóvenes combonianos Indígenas Cachiqueles, del primer grupo que envié al Seminario desde Guatemala. San Daniel Comboni estará contento al contemplar desde el Cielo cómo la vocación misionera no sólo es patrimonio de los “blancos”, sino de todos los pueblos y culturas de la tierra. 12 de diciembre: Ntra. Sra. De Guadalupe Una de las fiestas más importantes para los mexicanos es la celebración de las apariciones de la Virgen de Guadalupe a San Juan Diego en el cerro del Tepeyac el 12 de diciembre de 1531. Cada año la gran basílica de Guadalupe se llena de fieles, especialmente Indígenas, que vienen de lugares lejanos para rendirle homenaje a la Madre de Dios. Mañanitas, danzas populares autóctonas, velas, flores, peregrinaciones, y todas las manifestaciones que como hijos podemos tener hacia nuestra Madre. La primera vez que viví esta fiesta con intensidad fue en San José del Cabo, Baja California, mi primera misión hace ya 25 años. La primera sorpresa fue escuchar las “mañanitas guadalupanas” muy de madrugada, aún de noche. Llegaron varios mariachis y otros grupos musicales a cantar y a tocar cantos a la Virgen, apropiados para las circunstancias; el templo parroquial estaba que reventaba de gente, pues también llegaron fieles de los pueblos más cercanos. La gente cantaba con mucho fervor esos cantos que, de por sí, ya son muy sentimentales, pues ya sabéis que la música mexicana suele ser muy sentimental. Yo me emocioné tanto que hasta lloré, de las pocas veces que lo he hecho en toda mi vida. Aquí, entre los Chinantecos de las parroquias de Usila y de Sochiapam, no existía esta fiesta; poco a poco la hemos introducido los Misioneros Combonianos. Para este día invitamos a los pueblos más cercanos para que acudan a la Misa con las imágenes de la Virgen de Guadalupe de sus iglesias. Los Catequistas nos recuerdan a los padres con antelación cuál es el programa del día de la fiesta, así como el de la Novena, para ver si está bien o hay que modificar algo; no somos nosotros a organizar, a proponer, sino ellos; nosotros ya lo hicimos un día, cuando introdujimos dichas fiesta. Nos recuerdan que a las 6 de la mañana tendrá lugar “la mañanitas” en la capilla llamada del Calvario; a continuación el Comité de la iglesia repartirá café y un pan dulce para todos. A las 3 de la mañana suenan las campanas que, por cierto, se encuentran a unos treinta metros enfrente de nuestra casa y a un poco más de un metro a ras del suelo. Yo, creyendo que ya era la hora de levantarse para ir a la capilla, salto de la cama de un brinco, todavía dormido, llevándome por delante el reloj, la lámpara de la mesita, la pequeña radio y el libro sobre Comboni que estoy leyendo antes de dormir... Todo por el suelo. Con el ruido que hago, el P. Antonio, que está en la habitación de al lado, me dice que si no es suficiente el sonar de las campanas como para que yo meta aún más “relajo”. Los dos caemos enseguida en la cuenta de que todavía son las 3 de la mañana..., que aún nos queda tiempo para dormir. Pero a las 5, un atronador chupinazo nos despierta a los dos; varios cohetes anuncian que se acerca la hora de las mañanitas”. Vuelvo a saltar de la cama como un lince, pero esta vez sin tirar nada, y me vuelvo a acostar, porque todavía tengo tiempo suficiente para llegar a las mañanitas. A la hora establecida, sin mariachis y sin otros grupos musicales, todos nosotros comenzamos a cantar las varias alabanzas que la comunidad conoce para saludar a la Guadalupana. Rezamos también un Rosario guadalupano. A las 12 nos volvemos a reunir en la capilla del Calvario para iniciar una procesión hasta el templo parroquial; es aquí donde se concentran los hermanos de las comunidades que han venido caminando varias horas para acompañarnos en la procesión; nos organizamos por pueblos y, al llegar al templo, celebramos la Misa. Al terminar, bendecimos las imágenes de Guadalupe de los pueblos y otras que han traído al templo; les decimos que nuestro deseo es que la bendición que les hemos impartido a través de las imágenes la lleven y transmitan a sus comunidades y a sus hogares. Las apariciones de la Virgen a San Juan Diego fueron cuatro. Cuando éste se dirigía a Tlatilolco, muy de madrugada, para escuchar las enseñanzas de los misioneros franciscanos, oyó que desde un cerrito le llamaban: “Juanito, Juan Dieguito. Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?”. Cuando Juan Diego se acercó y le dijo a dónde iba, la Virgen le habló y le descubrió su santa voluntad: “Sabe y ten entendido, tú el más pequeños de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores”. Éste es parte del mensaje de la primera aparición. Esta aparición y las otras tres son de una belleza extraordinaria, y sus mensajes son de los más dulces y enternecedores que jamás se hayan conocido. En la cuarta aparición, por ejemplo, se narra la enfermedad y sanación de Bernardino, tío de Juan Diego; encontrándose muy grave, le dice a su sobrino que vaya a llamar a un sacerdote para que le administre los últimos Sacramentos. Juan Diego partió muy de madrugada a Tlatilolco y, para no encontrarse con la Señora en el lugar de las apariciones, decidió dar un rodeo, pero la Virgen le salió al encuentro y, después de preguntar a Juan que a dónde iba y de escuchar la respuesta de Juan Diego, le dijo: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige; no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa (...)” La narración más antigua de las apariciones guadalupanas está escrita en nahuatl por el indio Antonio Valeriano en 1554, publicada por el sacerdote Luis Lasso de la Vega en 1649 y traducida por Primo Feliciano en 1926, y se la conoce como el “Nican Mopohua”, que significa “aquí se cuentan”. A pesar de que han pasado 17 años sin volver a estas tierras, me da la impresión de que los años no hayan pasado, pues veo las mismas caras de las personas mayores y de mediana edad, recorro los mismos caminos de herradura, como en las mismas casas, escucho las mismas lenguas y sigo las mismas costumbres de aquellos tiempos, mis primeros años de Usila y Sochiapam, en los años ochenta... Me parece que ni siquiera me haya marchado un día. Y, si os soy sincero, os cuento que a veces ni me acuerdo de vosotros ni de España ni de nada; así es mi vida ordinaria y el trajín de cada día. P. Damián Bruyel Pérez, Misionero Comboniano http://www.iespana.es/renovacioncarismatica/dami.htm |
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