La Gran Vía es Nueva York
Don Antonio Guerra, fundador y propietario de la firma comercial Bodegas Guerra, con sede en Cacabelos, era un espíritu inventivo, inquieto e indomeñable en un cuerpo frágil y elegante. Un personaje de película. Era primo segundo de mi padre y solía repostar en nuestra casa de Madrid en los transbordos de sus múltiples viajes. Con gabardina de cinto y sombrero de fieltro, era la versión de Humphrey Bogarrt en no fumador. Por aquel tiempo quizá fuese el único berciano que había pisado la terraza del Empire State Building. Le recuerdo en casa, a la vuelta de su viaje a Nueva York, desempaquetando regalos; el sueño de la modernidad en cuatro objetos de un lejanísimo uso y consumo: unas medias de cristal para mamá, una máquina de afeitar de cuerda con un enorme muelle para papá, unas zapatillas de baloncesto para mí, y para él una botella de Coca-Cola de las de cadera ancha a lo Mae West. Nos la mostró como un trofeo. Don Antonio Guerra fue un empresario audaz en un mercado raquítico y timorato. Vinos Guerra, más Tío Pepe y Anís del Mono, fueron los tres primeros anuncios que alumbraron la sombría Puerta del Sol en los años triunfales del Generalísimo. Popularizó los vinos del Bierzo cuando nadie hablaba de la denominación de origen, pero ensayó demasiadas novedades para los tiempos que corrían. Fue todo un personaje. Un visionario con profecías tan desconcertantes como ésta: << En un futuro próximo, en las tiendas se pagará sin efectivo; el papel moneda sólo lo manejarán los pobres>>. En el cuaderno del abuelo, con una letra más menuda de lo habitual, un inesperado informe sobre una por entonces exótica bebida llamada Coca - Cola: Es zarzaparrilla. Refresco de zarzaparrilla que si llaman de cola es en virtud de un aditivo. La zarzaparrilla de mi juventud se tomaba como refresco sin que nunca diera en euforizante ni en ninguna otra segunda intención. Como la droga oficinal procede de las liliáceas Smilax utilis, medica y officinalis, de origen americano. La droga se obtiene por infusión de las hojas, es sudorífica y depurativa. El refresco se obtiene de su tallo subterráneo, largo y desenvuelto. En España se da la especie Smilax aspera de iguales propiedades que las americanas. Ensayo, por supuesto con la áspera. En Estados Unidos, de donde procede el refresco a investigar, se utilizaba como tal hasta que el farmacéutico Pemberton descubrió que con soda en vez de con agua resultaba idóneo para combatir las resacas. Se generalizó, aún más modificada, con una fortísima publicidad: sólo así se entiende la aceptación de un gusto a jarabe no muy acorde con el paladar de los adultos acostumbrados al espirituoso y vinícola. Según dicen, hasta el Papá Noel yanqui es un anuncio indirecto puesto que luce los colores emblemáticos, rojo y blanco, del refresco en cuestión. Descompongamos la muestra reconstruyéndola. La raíz no supone ningún problema y la soda bien puede sustituirse por el agua de lithines. Lo euforizante procede de la cola, de la nuez de cola que contiene el doble de cafeína que el café, y su complemento energizante de <<la energía de los dioses>>, de las hojas de coca que tan bien conocen los portadores del altiplano andino. La muestra que he preparado contiene una dosis mínima de infusión de hojas de coca pues cualquier exceso sería grave imprudencia. El indeterminado retrogusto entre jarabe y tónico amargo se lo concedo con una gota del extracto de Válgoma según la F. E. 6ª. ed . Personalmente creo que este bebedizo no tiene ningún porvenir en nuestro país ni en ningún otro país gastronómicamente culto. Sonreí entonces como sonrío ahora, no por el pronóstico sino por la leyenda de un secreto inexpugnable. Incluso hoy, a los de la Coca - Cola les encanta decir que sólo cuatro personas vivas conocen la fórmula de su poción mágica. Como en muchas otras tardes de ferragosto, tras el partido de fútbol, sofocado y sudoroso, penetré hasta la rebotica en busca de un vaso de agua. La penumbra del local, su aroma de soledad, silencio y especias exóticas, era mi reposo del gladiador. En aquella ocasión, el abuelo no me ofreció un vaso de agua sino de otro líquido, burbujeante, de color caramelo y olor indefinido pero contumaz. M e dijo: - Toma, a ver si te gusta. - Sabe a medicina. - Bueno, es casi una medicina. Termínalo y dime si te gusta. Apuré el cáliz. - No me gusta aunque para ser una medicina no es muy repugnante, ni siquiera me han dado ganas de vomitar. - ¿Quieres otro vaso? - No, no, otro día. - ¿Y de agua? - Tampoco, se me ha quitado la sed. No pareció desmoralizarse el abuelo con mi opinión, de hecho coincidía con la suya, tanto con respecto a su brebaje de zarzaparrilla como con el refresco original de Coca - Cola. En cualquier caso, pienso tan a posteriori, mi opinión no era la de un catador cualificado; aparte la gaseosa, la única bebida que me gustaba, a mí y a todos los niños de mi edad, era el vermut con sifón que tras la misa de doce nos daban nuestros mayores todos los domingos durante el paseo de antes de comer. Era una forma de entretener a la chavalería y a nosotros nos gustaba, sobre todo por el adjunto pincho de anchoa y aceituna. Una bárbara y limitada experiencia. Supongo fue Don Antonio Guerra quien solicitó aquel análisis y posterior formulación al abuelo. Según todos los indicios, aceptó el contratipo y sin dudarlo un instante comenzó a envasar un refresco de cola al que bautizó con el nombre de <<Cola - York>>. Como siempre, adelantándose a su tiempo. No estaba el país como para disfrutar de la chispa de la vida aunque no por falta de ganas. Todavía recuerdo la botella, la etiqueta y el dibujo de los pósters (entonces carteles) publicitarios: una bandera reticulada como un crucigrama pero con las rayas de colores y en el ángulo superior izquierdo el logotipo de las bodegas, el león rampante. La aventura del Cola - York fue efímera y marcó la decadencia de Bodegas Guerra, desaparecidas pocos años después en las procelosas, especulativas y miopes aguas bancarias de la autarquía. El hundimiento del Cola - York fue tan brumoso como heroico, réplica fiduciaria del acorazado María Teresa contra el battleship New York en la guerra de Cuba. Los abogados de la poderosa The Coca - Cola Inc. N. Y. acosando con la ley internacional de patentes a un bodeguero de Cacabelos. Nadie sabe a ciencia cierta cómo se desarrolló tan desigual combate, pero uno se lo imagina como una partida de barcos en función de la bandera reticular del perdedor. Así jugábamos de niños. C-5: agua. F-10: agua. B 8: tocado...No les costaría mucho esfuerzo a los leguleyos de la Madison Avenue dar en el blanco. A-1: hundido. Melancolía y evanescente imagen. Recuerdo a don Antonio con tanto cariño como admiración; todavía puedo verlo, ya anciano, paseando por la plaza con su inconfundible gabardina, su inevitable sombrero de fieltro y su elegante dignidad. DIÁLOGO DE LA MENTIRA Y LA NOVELA. El diálogo viene propuesto por el título de mi novela, si es que es una novela, MIENTO. Un equívoco juego de palabras entre el sufijo de sustantivos verbales que suele significar acción y efecto; el presente y primera persona del verbo que significa manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa; y el obscuro sentimiento (¿sin ti miento?) que produce el saberse próximo a perder la vida a manos de alguien que esta ahí, muy próximo, al otro lado de la puerta. El título plantea el eterno tópico de cuando es lícito mentir en este valle de las grimas. Algunos dicen que sólo es lícito para salvar la vida de un hombre o para adular a una mujer, pero lo cierto es que la mentira suaviza las relaciones humanas y que un mundo de seres radicalmente sinceros sería inhabitable, despellejado no hay quien sobreviva en la naturaleza. Pero de la vida quiero pasar a la ficción: ¿Es la novela una mentira? ¿Es lícito que lo sea?. Citemos a nuestro querido y olvidado Anatole France :"Sólo la mentira es fuente que se impone en el espíritu de los hombres por medio de su fascinación, su diversidad y su arte para distraer, para halagar y para consolar". Dadas estas capacidades, es lógico que la falacia sea materia prima esencial de la novela, pero teniendo en cuenta esa ya popular definición de que "la novela es la verdad de las mentiras", o sea: la falsaria materia prima debe utilizarse para construir una atalaya desde la cual se aviste de forma amena, lúcida y panorámica la verdad. De una forma más emotiva e implacable que en medio de una cotidianidad en donde en medio del bosque no nos deja subir a los árboles. Sólo así, al menos para uno, es ética, estética y técnicamente correcta la utilización de la mentira en la novela. Como anécdota, no como categoría; pero como anécdota con categoría de metáfora. Fue nuestro querido y más recordado Pio Baroja quien definió la novela como "detalles, detalles y detalles". Estoy de acuerdo con él pues sobre los detalles es sobre lo que se alza la atalaya que antes nombramos. Si los detalles son verisímiles, el artilugio se sostiene. La verosimilitud es imprescindible pero, dado que la verdad no siempre es verosímil, no importa que los detalles sean ciertos o falsos, lo importante es que no sean erróneos. En mi concepción de la estructura narrativa este "'detalle" es fundamental: distinguir entre mentira y error. La novela puede construirse sobre las mentiras, pero se derrumba con el error. El buen mentiroso, además de tener buena memoria, es siempre un hombre bien informado o experimentado. La novela, mímesis de la vida, es un género que requiere experiencia, de ahí que el novelista deba conocer a fondo la esencia de su relato y si no abstenerse. Mal se puede fantasear y mentir sobre aquello que se ignora. Conociendo a fondo la verdad, incluso se puede engañar mostrándola. La experiencia es un concepto evanescente y, desde luego, si no se tiene personal también puede adquirirse en préstamo bibliotecario aunque con tal origen siempre sea mucho menos fiable. Mejor se hablará de un asesinato habiendo asesinado a alguien que no habiendo matado una mosca. La experiencia, como correlato de lo dicho sobre la mentira, es un concepto muy discutible y esa discusión es el diálogo (provoca a boca) que propongo a los tertulianos. Cordialmente, Raúl Guerra Garrido (Test sobre la creatividad y propuesta en la novela EL OTOÑO SIEMPRE HIERE) Mefistófeles, agente de Satán, demonio intelectual que estimula en el hombre el deseo de comprender el mundo y recrear el universo, existe. Está entre nosotros desde hace mucho y su tentadora oferta proyecta ya una larguísima sombra. Marlowe, Goethe, Berlioz, Gounod, Valera, Mann y muchos más han descrito su contrato fáustico. Sabían por propia experiencia que todo creador, artista o literato, es capaz de vender su alma al Diablo con tal de conseguir la obra maestra que persigue y soñaron con ser ellos los interlocutores del Maligno. Un imaginario del que sólo se conoce un caso real, el de Pablo Ruiz Picasso. Mefistófeles visitó al pintor en 1911, en el modesto y parisino Hotel des Ecoles, y allí cerraron el trato. Copia fidedigna del mismo quedó en manos de Cattieux, el último alquimista. Este se lo pasó testamentariamente a Giovanni Papini, quien sólo se atrevió a desvelar en parte el secreto en una nota a pie de página en la edición príncipe de su Arte deshumano, nota que desapareció en las sucesivas ediciones. A partir de la rúbrica faustica, Pablo dejó de firmar sus cuadros como Ruiz Picasso y pasó a hacerlo sólo como Picasso; en patois un orgulloso y mal disimulado guiño, picassé significa endemoniado. La creatividad, esa ansia por alcanzar las estrellas, es la droga que más adicción produce y su síntoma más evidente es la curiosidad, el ensayo, la continua búsqueda; Picasso se delató al decir: “yo no busco, encuentro”. La aceleración histórica del siglo XX, incorporando el caos y el azar a la más avanzada tecnología, ha sofisticado cualquier propuesta. Después de Heisemberg, la incertidumbre es una constante que arruina cualquier planteamiento de todo o nada, de blanco o negro; si el camino existe, se hace al andar, la meta se configura como un horizonte inaccesible: camino y meta son datos cuantificables pero su valor apreciaciones subjetivas. Los medios confunden al individuo y el fín se confunde con los medios. Las ofertas de fín de siglo son ya diferentes. El actual Mefistófeles, posmoderno y finisecular, se ha puesto al día y el contrato que hoy ofrece es más complejo. Ya no es un simple trueque, un toma y daca. Quiere apoderarse de tu alma, por supuesto, pero no a cambio de una recompensa unívoca sino de una recompensa a elegir entre las dos opciones de un dilema, sofisticada forma de también torturarte en vida pues tendrás la certeza de haber seleccionado la para tí más conveniente. Su dilema es una sutil variante del dilema del prisionero, el de antes morir que perder la vida. Supongamos que tú, lector, eres un presunto novelista. Estás dispuesto a dejarte la piel en el intento, sin la literatura tu vida no tendría sentido y por conseguir ese título que te situe entre los elegidos, en la gloria del Parnaso, serías capaz de asumir cualquier sacrificio. Rematas la frase con que abres tan ansiada narración, dudas en cómo continuarla, angustiosa duda, y en ese preciso instante Mefistófeles te propone su dilema. Tu alma a cambio de una de estas dos opciones. En la primera opción, la frase de tu obra en marcha, por si misma, con una facilidad inaudita, se conforma en un texto sólido, terminado, único y e
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